Rodríguez-Maciel J. Concepción 1 , Rodríguez-Pineda José Luis 2*
1 Posgrado en Fitosanidad-Entomología y Acarología, Colegio de Postgraduados, México
2 Posgrado en Economía, Colegio de Postgraduados, México
*Autor de correspondencia:
rodriguez.joseluis@colpos.mx; jose.wyv1806@gmail.com
Este documento destaca las dificultades y desafíos que enfrentan los agricultores, desde el esfuerzo diario en el campo hasta las amenazas del calentamiento global. Se subraya la importancia de reconocer y apoyar a los agricultores, quienes son fundamentales para la seguridad alimentaria y el bienestar de la sociedad.
Es un escenario común que las personas se reúnen para disfrutar de los manjares que producen el campo. En la parrilla donde se asa la carne, le ponen cebollitas y, al mismo tiempo, se prepara una rica ensalada. No obstante, rara vez se habla de las penurias que atraviesan a los agricultores para que nosotros tengamos alimentos ricos y nutritivos en la mesa. Algunas personas incluso llegan a pensar que los alimentos se producen en los supermercados. Abierta AI (2025)
Los productores que satisfacen nuestras necesidades produciendo alimentos, fibras, tintes, etc., se levantan muy temprano y, antes del amanecer, ya están en el campo. Disfrutan de la emoción positiva que les da ver que sus plantas van creciendo según lo esperado. No resisten la tentación de adentrarse en la parcela, tocarla y expresar satisfacción por los resultados, pero necesitan sudor, esperanza, fe y coraje para cultivar la tierra. A los hombres y mujeres que hacen su vida en el surco para alimentar a un país, les es común que el país no los vea. ¿Quién piensa en el esfuerzo que hacen para comprar los insumos necesarios? Se agradece a las empresas que ponen a disposición de los agricultores dichos insumos, tales como semillas, fertilizantes o plaguicidas. Dichas empresas obtienen la ganancia, pero el productor, quién sabe. No es raro que vendan su cosecha a precios que no alcanzan a cubrir sus gastos.
Por si fuera poco, el calentamiento global está agravando las amenazas a la producción de alimentos. De hecho, este fenómeno ya se percibe en la agricultura y en prácticamente todas las actividades humanas, como sostienen Yuan et al. (2024). Las temperaturas se están elevando y, en consecuencia, hay más generaciones de plagas por temporada de cultivo. Las sequías son más intensas y prolongadas, pero cuando llueve, decimos que “se cae el cielo”, pues sus efectos son devastadores; ya no sabemos qué hacer cuando llueve, y menos cuando no llueve. Además, la concentración de dióxido de carbono (CO₂) en la atmósfera es alarmante; ha alcanzado 420 partes por millón (ppm) (Organización Meteorológica Mundial [OMM], 2024). Por efecto de esta concentración, se reduce el valor nutritivo de los alimentos producidos en el campo, lo que nos afecta directamente. También afecta a las plagas, pero están solucionando el problema al comer más.
Todo ese esfuerzo por tener un cultivo sano y vigoroso puede irse a la basura ante una helada, una sequía o un ataque devastador de plagas, entre otras causas. ¿Se imaginan la expresión de los agricultores al constatar que la madre naturaleza ha destruido todo? En ese momento, ¿qué le pasa a la mente del productor? Pocas veces se habla de la tristeza, la ansiedad, el enojo y la desesperanza que deja la lucha diaria en el campo. Las emociones también forman parte del campo. El primer autor de este manuscrito les contará una vivencia de esta naturaleza que le marcó la vida.
“Voy a describir un suceso desgarrador que ocurrió en la década de los 70´s. El sur del estado de Jalisco ha sido una zona cañera importante. Los cañeros y el Ingenio que procesa la cosecha trabajan en equipo. Los productores cultivan con ahínco y el Ingenio los financia con insumos como fertilizantes y plaguicidas, e incluso con mano de obra. Ellos entregan la cosecha al Ingenio, y este hace el cálculo del valor económico que tuvo y deduce los apoyos citados. En el mes de julio de un año que no quiero acordarme, pero que fue entre 1970 y 1975, los cañeros iban felices del Rancho San Vicente a Ciudad Tamazula, Jalisco; se dirigían a las oficinas del Ingenio para recibir el cheque por las ganancias que obtuvieron. La idea era que de ahí fueran al banco a cambiar el cheque; con ello compraban alimentos y muchas otras cosas que necesitaban.
Cada cañero solicitaba los servicios de un taxi para llevárselas de regreso al rancho; no era posible regresar a pie con tantas cosas que se necesitaban. Pero en esa época fatal, llegó el gusano barrenador del tallo, una plaga que nadie había visto antes, y al descubrir su presencia, sufrimos. Las hembras de esta especie de Lepidoptera ponen sus huevos en el envés de las hojas y las larvas, al emerger, se alimentan de los residuos valiosos que quedaron de los huevos. Agarran fuerzas y se dirigen a la base del tallo de la planta. Ahí perforan y penetran, haciendo galerías donde se alimentan y, al parecer, viven una vida muy cómoda. El problema no terminó ahí; en la nervadura de las hojas vive un hongo conocido como muermo rojo, que no causa daño importante, pero cuando entra en los túneles que hace el barrenador, hidroliza los azúcares; es decir, destruye la cosecha. Estas dos especies de plagas causaron daño a los cañeros. Las pérdidas en campo fueron cuantiosas. Yo era un niño y bien recuerdo que, después de la primera cosecha devastada, fuimos en el mes de julio al ingenio para ver si habíamos ganado algo. En el camino de ida a mi padre lo veía preocupado, sabía que las noticias podrían no ser muy buenas. Nos formamos y, cuando llegó nuestro turno, fuimos informados de una noticia cruel: al Ingenio se le debía mucho dinero, pues la cosecha valió muy poco frente a los apoyos que nos dieron. La persona que nos atendió trató de suavizar las cosas diciendo que “eso les pasó a todos los cañeros y que la deuda se pagaría en la siguiente cosecha”. Vi que la expresión de mi padre cambió a algo mucho peor que la preocupación. Era una época en que a los hombres se les enseñaba que no debían llorar, pero se les salieron las lágrimas. A mi corta edad pude entender la situación y no me atreví a pedirle que me comprara alguna de las muchas golosinas que me gustaban. En silencio nos regresamos al rancho. Lo mismo hicieron los demás campesinos, nadie hablaba con nadie. Hubo una persona que, cuando llegó a su casa, el perro, extremadamente feliz y moviendo la cola, fue a recibirlo.
Este señor muy enojado y sin capacidad de controlar sus emociones le dio una patada en el hocico y le dijo: “Toma, cabrón, lo que te tocó de la liquidación”. Afortunadamente teníamos tortillas y frijoles para comer lo que restaba de la semana. Al día siguiente, temprano, me levanto y me doy cuenta de que en la noche alguien se metió a nuestra casa y nos robó las tortillas, la olla de frijoles y un costal de frijoles. ¿Más problemas? Fui al campo a recolectar verdolagas para comer. Me llevé un costal y no me atrevía a entrar a las parcelas; mi mente procesaba que las verdolagas de ahí podrían estar plagadas. Busqué y encontré muchas plantas en áreas que consideré no presentaban problemas, pues estaban a una distancia prudente de la zona de cultivo. Las verdolagas son una especie de planta comestible muy nutritiva que se hierve en agua con sal, luego se les agrega carne de puerco para darles un sabor magnífico. Mi madre nos dijo que ya no les pondría carne de puerco porque había descubierto que, si lo hacía, aparecían cabellos humanos en la comida y no quería eso para nosotros. Yo la miré y la apoyé en silencio, sabía que no era cierto, pero ella no deseaba preocuparnos. A todos nos tranquilizó y un hermano le recordó que no le fuera a poner carne de puerco a las verdolagas, pues los cabellos le daban mucho asco. Con muchas dificultades, pasamos por ese amargo periodo hasta que la intervención de especialistas respaldados por los gobiernos federal, estatal y municipal pudo controlar la plaga y nosotros regresamos a la normalidad. Este hecho me hizo apasionado del estudio de la Entomología.”
Este escenario es más común de lo que las personas ajenas a la agricultura se imaginan. Muchos estudios, incluidos los más rigurosos y apreciados en la comunidad científica, abordan el campo como si se tratara de una ecuación. Dicen “pérdidas por cambio climático”, “impacto económico de la inseguridad”, “variaciones del mercado”. Pero pocas veces se habla del ser humano que hay detrás: usted, agricultor, que carga con la incertidumbre, con el miedo de que lo asalten en la carretera y le roben los alimentos que con tanto sacrificio cultivó, con el dolor de ver sus cosechas irse al despeñadero.
Las amenazas que nublan la producción de alimentos también pueden resultar crueles para las personas ajenas al campo. La población de Irlanda, entre 1846 y 1852, sufrió una terrible hambruna que aún se recuerda con tristeza. En 26 páginas, Gráda (1992), profesor de la University College Dublin, describe con precisión y detalle este fenómeno, en el que el ataque del hongo conocido como tizón tardío, Phytophthora infestans, al cultivo de la papa dejó sin alimento a la sociedad irlandesa y, por hambre, provocó la muerte de más de un millón de personas; otros tantos huyeron del país. Debemos asegurarnos de que este evento catastrófico no se repita.
Después de la Segunda Guerra Mundial, se comprendió que la agricultura debe considerarse una cuestión de seguridad nacional (Friedmann 1993; National Research Council [NRC] 2010). Un país cuyas ciudades fueron devastadas por la guerra, como ocurrió en Japón, se levantó de los escombros y reconstruyó, pedazo a pedazo, la potencia económica que es hoy. Al parecer, los países emergentes no han entendido a cabalidad de qué se trata. La historia ha demostrado que la desnutrición tiene más poder que los misiles para destruir el futuro de un pueblo. Los gobiernos, las universidades, los técnicos, las instituciones; todos debemos hacer más. No solo hablar de cifras, sino también escuchar el corazón de los agricultores, comprender sus emociones y diseñar políticas que tomen en cuenta su salud mental y bienestar. La semilla más valiosa del campo nunca dará fruto sin un agricultor que la cuide con esmero. Es urgente que en la sociedad existan organizaciones que brinden apoyo psicológico a los hombres y mujeres del campo. ¿Acaso es justo que los que producen nuestros alimentos vivan con angustia y que, con su pobreza, alimenten a las ciudades? Por eso hoy levantamos la voz para decirlo claro: usted no está solo. Merece apoyo, respeto y soluciones reales.
Sin menospreciar los momentos alegres y felices, reconocemos que todos los seres humanos encontramos tragos amargos en este camino materializado que se llama vida; todos enfrentamos dificultades y, a veces, lloramos. En la lucha por producir los alimentos que nutren al mundo, los agricultores también lloran.
Conclusión
La realidad que atraviesan los agricultores revela una verdad incómoda: detrás de cada alimento que llega a nuestra mesa existe una historia de esfuerzo, incertidumbre y, con demasiada frecuencia, dolor; “las emociones también forman parte del campo” y rara vez se reconocen. La agricultura no es solo un sistema productivo; es un entramado humano profundamente vulnerable a factores económicos, sociales y ambientales. El calentamiento global, con temperaturas crecientes y fenómenos extremos, ya afecta la producción y amenaza la seguridad alimentaria, tal como advierten estudios recientes. Sin embargo, más allá de las cifras, están las personas que enfrentan pérdidas devastadoras, como la familia que regresó en silencio al rancho tras descubrir que su cosecha no cubría ni sus deudas. Reconocer esta dimensión humana es indispensable para construir políticas públicas más justas y sistemas agrícolas verdaderamente sostenibles. La historia demuestra que la alimentación es un asunto de seguridad nacional y que la desnutrición puede destruir el futuro de un pueblo con más fuerza que cualquier conflicto armado. Por ello, es urgente fortalecer el acompañamiento técnico, económico y emocional a quienes cultivan la tierra. Los agricultores no solo producen alimentos: sostienen la vida. Y en esa lucha diaria, también lloran, también sienten y también merecen ser vistos, escuchados y apoyados.
Nota: Todas las imágenes se generaron con IA (OpenAI, 2025).
Literatura citada
Friedmann, H. (1993). The political economy of food: A global crisis. New Left Review, 197, 29–57.
Gráda, C. Ó. (2004). Ireland’s Great Famine. In C. Ó. Gráda, R. Paping, & E. Vanhaute (Eds.), The potato famine of 1845-1850: Causes and effects of the ‘last’ European subsistence crisis (pp. 1–26). CORN Publication Series: Comparative Rural History of the North Sea Area, University College Dublin.
National Research Council. (2010). Toward sustainable agricultural systems in the 21st century. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/12832
OpenAI. (2025). Imágenes generadas por inteligencia artificial con DALL·E mediante ChatGPT [Images]. ChatGPT. https://openai.com/chatgpt
World Meteorological Organization. (2025). El año 2024 va camino de ser el más cálido jamás registrado en un momento en que el calentamiento supera transitoriamente el umbral de 1,5 °C. https://wmo.int/es/news/media-centre/el-ano-2024-va-camino-de-ser-el-mas-calido-jamas-registrado-en-un-momento-en-que-el-calentamiento
Yuan, X., Li, S., Chen, J., Yu, H., Yang, T., Wang, C., Huang, S., Chen, H., & Ao, X. (2024). Impacts of global climate change on agricultural production: A comprehensive review. Agronomy, 14(7), Article 1360. https://doi.org/10.3390/agronomy14071360
